Política camilo guerrillero

Publicado el febrero 15th, 2016 | Por Rosa Mendoza

Camilo Torres, mi inolvidable amigo

 

La revelación de cómo cayó en Patio Cemento hace 50 años y otros momentos poco conocidos.

No esperaba que hoy ya se cumplieran cincuenta años de la muerte de Camilo Torres. Mucho menos que aún se estuviesen buscando sus restos.

 

Jamás he podido olvidar aquella tarde, en Barranquilla, cuando al salir de un parqueadero en el centro de la ciudad compré El Nacional, diario vespertino de entonces, y encontré en la primera página la noticia de su muerte en un combate con la guerrilla del Eln. De pronto se me nubló la vista, y todo empezó a temblar a mí alrededor. Estaba llorando.

 

Los recuerdos suyos que encuentro en el confín de la memoria y que dejo en esta página se remontan a nuestra época de estudiantes. Éramos condiscípulos en el Liceo de Cervantes y formábamos parte, con él y con Luis Villar Borda, de una pequeña tribu de amigos. ¿Qué nos unía? Varias cosas. Tal vez un perfil común.

 

A diferencia de muchos otros alumnos que provenían de familias con dinero, nosotros no vivíamos en lujosas quintas del norte, sino en viejas casas del centro; andábamos siempre con apuros de plata, viajábamos en tranvía desde o hasta la avenida de Chile, nada sabíamos del golf ni de clubes como el Country, y en cambio nos interesaban viejos libros que nos solíamos prestar.

 

Pero el punto que más nos apartaba de nuestros condiscípulos era nuestra simpatía por Jorge Eliécer Gaitán, llamado despectivamente por ellos ‘el negro’.

 

Algunos viernes, al caer la tarde, Camilo, Luis y yo íbamos a oírlo en el Teatro Municipal, muy cercano a la plaza de Bolívar, donde sus arengas suscitaban atronadoras aclamaciones de la multitud que desbordaba la platea y los palcos e invadía buena parte de la carrera octava.

 

Llegábamos temprano para encontrar un puesto, y como alguna vez al entrar oímos decir con sarcasmo que olíamos a oligarquía, guardábamos las corbatas, prenda usual en el liceo. “Gaitán sí, otro no”, oíamos gritar con furioso delirio a nuestro alrededor.

 

Graduados de bachilleres en 1946, Luis Villar y Camilo decidieron estudiar Derecho en la Universidad Nacional, en tanto que yo, poco interesado en ser un día abogado como mi padre, cuyo mundo de juzgados y notarías lo conocía de cerca, duré un año sin saber qué otro camino seguir. Cuando pensé en estudios de Filosofía y Letras, mi padre me desanimó. “Te vas a morir de hambre”, me dijo moviendo la cabeza con desaliento.

 

De modo que, durante un año, me quedé trabajando en sus oficinas del edificio Valdiri como precoz jefe de redacción de un quincenario fundado por él y muy cercano a Gaitán llamado Reconquista. No por ello perdí contacto con mis dos inseparables amigos. Nos veíamos todos los sábados en el café Caldas, situado en la calle 57 con carrera trece.

 

Fue allí donde, por primera vez, percibí en Camilo una extraña vocación mística. Como lo escribí en alguna oportunidad, resulté hablando con él de un hallazgo común, fruto de reflexiones y lecturas.

 

Era la idea compartida de que solo el amor al prójimo daba respuesta a las desventuras de la condición humana. “Aun si Dios no existe –le decía yo a propósito de un libro del escritor francés Gabriel Marcel que acababa de leer–, esa exhortación de Cristo es válida”. Ambos nos cuidamos de transmitir estas inquietudes metafísicas a Luis Villar, capaz de destruirlas con algún comentario sarcástico.

 

Una revelación inesperada

 

Recuerdo ahora el día que la madre de Camilo, Isabel Restrepo, llamó a Luis alarmada para pedirle que fuera a sacar a su hijo de un extraño encierro que se había impuesto luego de unas vacaciones en el Llano. Yo lo acompañé. Era un sábado en la tarde. Camilo, abrigado con una ruana blanca, aceptó bajar con nosotros a la calle sin que por ello perdiera un aire absorto, como ausente, muy extraño. Descendíamos hacia la carrera quinta por la calle dieciocho, donde quedaba su apartamento, cuando decidió contarnos su secreto.

 

“He decidido hacerme sacerdote”, nos dijo. Guardó silencio y sin mirarnos, como si hablase consigo mismo, agregó: “Lo más grave ocurrió ayer, se lo dije a Teresa, mi novia”. Era, por cierto, Teresa Montalvo, hija del combatido ministro conservador José Antonio Montalvo.

 

Camilo nos pidió que guardáramos celosamente aquel secreto. No quería que esta decisión suya la conociera su madre, pues estaba seguro de que ella se opondría, pues no era muy creyente. Luis tomó en serio esta petición.

 

Días después, lo acompañó a la Estación de la Sabana para que tomara el tren que lo llevaría a Chiquinquirá, donde se proponía entrar al monasterio de los Padres Dominicos. Antes de salir de su casa, maleta en mano, Camilo aprovechó la ausencia de Isabel para dejarle sobre la mesa del comedor una esquela en la que se despedía y le contaba la razón de su partida. (También: Tras la huella del cura que un día se fue para el monte)

 

Lo que no imaginó es que ella, luego de leerla, tomara apresuradamente un taxi y se dirigiera a la estación del tren. En un vagón encontró a su hijo y, sin dudarlo ni importarle el escándalo, lo sacó de una oreja. Pese a su colérica oposición, Camilo acabó por imponer su voluntad. Abandonó para siempre sus estudios de Derecho e ingresó al Seminario Diocesano de Bogotá.

 

Días después, Luis y yo nos enteraríamos del papel que habían tenido en la decisión de Camilo dos sacerdotes dominicos franceses, Nielly y Blanchet, que habían llegado a Bogotá para ejercer un apostolado en favor de su orden. Parecían misioneros de un catolicismo renovado, lo cual debió subyugar a nuestro amigo. Cuando, tiempo más tarde, tomé la decisión de irme a París, donde terminaría estudiando Ciencias Políticas con el anhelo de quedarme allí por un tiempo indefinido, pensé que difícilmente volvería a encontrarme con Camilo. Pero no fue así. Apareció de visita en París cuando adelantaba sus estudios en Lovaina. Me sorprendió verlo por primera vez vestido con sotana.

 

Cuando regresamos a Colombia, nuestra relación siguió tan estrecha como en nuestros tiempos de estudiantes, solo que ahora a través de otro amigo común: Gabriel García Márquez, que había sido condiscípulo suyo en la Facultad de Derecho de la Nacional.

 

Con frecuencia almorzábamos en casa de Gabo. Camilo nos mantenía al corriente de las actividades de carácter social que adelantaba en los barrios más pobres de la ciudad. Alguna vez nos presentó a un pobre hombre que había tenido que robar para vivir, y que él se empeñaba en rescatar de su miseria.

 

Nos contaba también de la labor que estaba cumpliendo con las granjas escuela creadas por él en los Llanos Orientales.

 

Hay algo que nunca he olvidado y creo haber referido varias veces. Cuando Gabo quiso que yo fuera el padrino de su primogénito, Rodrigo, invitó a Camilo para que se hiciese cargo del bautizo. Recuerdo que estábamos en casa de mi futuro compadre tomándonos una copa de vino.

 

De pronto, Gabo contempló al bebé que yo tenía en mis rodillas y se le ocurrió decir: “Este pelao va a ser policía en Magangué”. Yo, comprometido en aquella época con un movimiento de izquierda, levanté el bracito de Rodrigo y repliqué: “Policía ni de vainas, este niño va a ser guerrillero”.

 

Camilo movió la cabeza con desaliento y declaró que no podía aceptarme como padrino, pues como tal estaba lejos de cumplir la misión espiritual que de un padrino espera la Iglesia católica.

 

Trabajo le costó a Gabo convencerlo de que se trataba de un chiste que no debía tomar en cuenta. Como sea, me aceptó al fin, pero puso como condición que la ceremonia, en vez de hacerla en latín, como era usual en esa época, la haría en castellano.

Tomado de El Tiempo.com




Volver a Inicio ↑
  • Audio-en-Vivo-feaktiva

ChatClick here to chat!+